Aprobada la nueva ley de matrimonio “extendido”, “ampliado”, “gay”, “igualitario” o la denominación que se prefiera más allá de la legal, es claro y resulta interesante ver como la Iglesia se quedó sin poder simbólico como para continuar siendo una referencia o guía mayoritaria o de masas, respecto de problemáticas sustanciales a nuestra vida diaria.
Entonces, se puede pensar en que perdió todo el poder y capacidad? No, pero para este caso si. ¿Por que? 1- Es importante remarcar que institucionalmente perdió conforme a las reglas de juego del régimen democrático actual; y 2- En la faz agonal, dentro del sistema político, es importante remarcar que la lucha y movilización se dio entre dos minorías enfrentadas, una católica conservadora y otra de tinte radical, lejanas las dos a sus pretensiones de ser portavoces de mayoría alguna. Ergo perdio contra otra minoria.
Si perdió poder simbólico en esta problemática ¿En que fallo? 1- En no proponer una estrategia comunicacional coordinada (y permitir una arbitrariedad de contenidos y actores comunicativos disvaliosos) que le permitiera llevar sus valores e intereses a un discurso adecuado a los contextos sociales actuales. 2- Pretender de manera predominante el querer convencer a todos por igual partiendo de citas bíblicas y referencias extra terrenales. Y cuando digo a todos, me refiero a las opiniones publicas que se retroalimentaban y ampliaban al calor de los programas televisivos y su dispar atención y seriedad en el tratamiento. Y si bien es cierto que hubo buenos exponentes intelectuales y una amplia participación de la sociedad civil en los debates de comisión del Congreso Nacional, también es cierto que la presión más asfixiante en pos del cambio fue promovida por los medios de comunicación de alcance nacional y los actores mejores preparados mediaticamente para el caso fueron los de tinte radical, por usar un código distinto y más actual.
Finalmente entonces, respecto de la actuación de la Iglesia me sorprendió su incapacidad (en especial de sus jerarquicos) de articular un discurso humanístico contextual con carácter político y su actuar de manera reactiva, sabiendo que estas cuestiones se discuten en muchos países latinos, y todavía más, conociendo que nuestros “progresismos” (con muchas comillas) tienen en materia legislativa como clara referencia de avanzada a las conquistas que el Partido Socialista viene consiguiendo frente al Partido Popular, en España, en los últimos 5 o 6 años. Es decir, muchos de sus proyectos de ley y sus encuadres sociológicos, psicológicos y jurídicos son tomados de la experiencia española, bastando ver como ejemplo para el caso, en que términos se discutieron en su momento los proyectos de Ley de Trata de Persona y de Violencia Familiar. Se les esta escapando la familia completa de la tortuga manuelita…..
Por eso, cabría esperarse a futuro que la Iglesia (en especial sus jerarquicos) cambie y pueda adecuar su discurso ante la inminencia de nuevos cambios sociales y legislativos y así no volver a quedar expuesta de manera tan virulentamente reaccionaria. Por ello, debe volver a ejercitar la prospectiva que históricamente le permitió mantener poder simbólico, sobre todo en cuestiones todavía caras para importantes sectores de nuestras sociedades, culturalmente hibridas, como las latinoamericanas. Queda por ver a futuro entonces, cual será la capacidad de prospectiva ante nuevas discusiones como: una ley de identidad de género, de aborto no punible, o que se anule la distinción entre religiones reconocidas y no permitidas, o que se modifique la relación económica entre Estado e Iglesia. Veremos…Dios proveerá.
JAC
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